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Infancia tras las rejas

Entre carencias y abandono, hay un centenar de hijos de reclusas que cumplen una condena de hasta cinco años y 11 meses.

Prácticamente han visto su vida pasar tras las rejas de un penal. Y aunque nadie les imputa un solo delito, están condenados a sufrir el encierro y graves daños psicológicos…

Hablamos de un centenar de niños, que, sólo por ser hijos de reclusas del Centro Femenil de Readaptación Social Santa Martha Acatitla, les tocó aprender lo que significa perder la libertad.

Los infantes no tienen espacios de juego, ni camas. Se desarrollan entre el cuidado de sus madres y bajo el yugo de las carencias propias de las cárceles de este país.

Es más, la mayoría nació ahí y tendrá que cumplir una condena de cinco años 11 meses –como lo establece la ley– para salir del centro de reclusión e integrarse a otro núcleo familiar.

Pero el martirio no termina allí. La ley estipula que si los familiares cercanos no quieren o no pueden hacerse responsables de ellos (los niños), serán enviados a fundaciones, centros infantiles o albergues de otras entidades del país.

El informe Derechos humanos de las mujeres privadas de la libertad en Centros de Reclusión del DF (2014) de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF) indica que las condiciones en que viven los hijos de las madres en reclusión son “precarias y la mayoría de las veces los infantes crecen en guarderías improvisadas y no cuentan con atención médica especializada”.

El documento señala que poco se ha avanzado en la protección de los derechos humanos de los menores y las mujeres que se encuentran en los Centros Penitenciarios de México, y que sus escasos derechos son violados.

Olivia Garza de los Santos, ex presidenta de la Comisión Especial de Reclusorios de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal (ALDF), asegura que aún falta mucho por hacer en este rubro.

“La separación que sufre el niño de su madre, en la mayoría de los casos, es negativa, ya que el menor padece secuelas psicológicas que, de no atenderse, podrían derivar en problemas de conducta que le lleven a delinquir o a una situación de calle”.

La también directora de la organización civil Modernizando el Sistema Penitenciario declara que es adecuado el tiempo que establece la ley para que los niños permanezcan con sus madres en el penal, pues siempre será mejor que un menor crezca y se desarrolle al lado de su madre, que en un albergue o centro infantil.

“Estoy a favor de que los niños permanezcan con sus mamás hasta los seis años, porque constituye la parte más formativa que puede tener un menor, independientemente del lugar que sea; la madre es alguien insustituible para el pequeño”, dice.

Para Garza de los Santos en lo que se debe trabajar es en el proceso de separación que sufren los menores y las madres, ya que resulta traumático para ambas partes y el daño marca para toda la vida, si no se atiende de manera adecuada.

Por su parte, la Fundación Reinserta dio a conocer que los niños que crecen en dichos lugares no se desarrollan de la misma manera que el resto, y pocas veces interactúan con los demás menores, pues casi todo el tiempo están con sus madres.

De acuerdo a dicha organización, existen 337 infantes que viven bajo tales condiciones en los centros penitenciarios de la República; 110 están en el penal de Santa Martha Acatitla.

Desde hace tres años la asociación civil apoya a jóvenes en conflicto con la ley, madres de familia en situación carcelaria y a los pequeños que viven con ellas, a los que ha bautizado como “invisibles”.

Las condiciones en que viven los niños dentro del penal femenil deben de cambiar, considera Saskia Niño de Rivera, presidenta de Reinserta, pues insiste en que es el lugar menos propicio para que un menor crezca.

“Estamos trabajando desde hace un tiempo para que los pequeños puedan salir a los tres años’’, detalla Saskia.

Doble abandono

A pesar de no cumplir una condena, los pequeños que se encuentran en reclusión únicamente salen de la cárcel cuando un familiar está en condiciones de llevárselos de paseo o cuando organismos como Reinserta realizan excursiones a museos.

Se calcula que sólo 50% de ellos sale a una actividad recreativa al mes, pues pocos reciben visitas de algún familiar.

Especialistas consultados confirman que la separación de la mamá y su hijo genera un efecto traumático para ambos, y la ruptura de este vínculo es un golpe fuerte para la madre, ya que no sabe cuándo volverá a ver al menor.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) sostiene que los pequeños comen con diversas limitantes, ya que por seguridad no todos los alimentos se permiten en el reclusorio, además de que duermen en malas condiciones.

Esto debido a que pernoctan con su mamá en literas que están diseñadas para una persona, y caminan y corren en las instalaciones del penal, lo cual no es lo ideal para su desarrollo.

ALDF buscará recortar brecha

Al respecto, Rebeca Peralta de León, vicepresidenta de la Comisión Especial de Reclusorios de la ALDF, indica que su prioridad es reforzar y mejorar los derechos de los niños al confirmar que existe discriminación contra este sector, dentro y fuera del penal.

Afirma que los menores que se encuentran en Santa Martha Acatitla carecen de servicios básicos como cunas, alimentos, camas y juegos necesarios para su desarrollo óptimo.

Coincide en que pocas veces los infantes salen del penal, por lo que se está trabajando con diversas organizaciones civiles para presionar al Gobierno de la Ciudad a poner la mira hacia dicho sector de la población.

Edad adecuada

Vanessa Nahoul Serio, doctora en investigación psicoanalítica por el Instituto de Investigación en Psicología Clínica y Social, asegura que la relación de madre e hijo es fundamental, debido a que en los primeros años se inculcan diferentes valores, actitudes y enseñanzas que el infante utilizará para toda su vida.

Por ello, la especialista cree que los cinco años y 11 meses –que estipula la ley– son suficientes, y bajo ese argumento afirma que a esa edad, el niño o niña tiene capacidad para adaptarse a otra familia y seguir manteniendo un lazo afectivo con la progenitora.

“A esta edad el niño ya tiene formada en su mente una representación internalizada de la madre como una presencia constante de la vida. Si se separa de ella, el infante se va a sentir tranquilo aunque no la vea. Es una edad en la que ya tolera estar solo”, explica.

Si se realizara antes la separación se corre el riesgo de que el niño se angustie y no tenga dicha presencia materna, lo que genera que forme parte de un sector propenso a delinquir.

La especialista no considera que los centros infantiles a donde son enviados los menores sean un problema, sino la falta de un tutor que brinde el mismo cuidado que una madre y sea constante para su formación.

Por ello, sostiene que es necesario que el tutor del albergue establezca un vínculo afectivo prolongado con el infante, pues de lo contrario las secuelas pueden ser graves.

“Los niños que no están con una figura constante y no se pueden identificar con el cuidador llegan a sentirse deprimidos, frustrados, con mucho dolor emocional, y serán propensos a consumir drogas o bebidas alcohólicas”, menciona Vanessa Nahoul.

¿Y los derechos humanos?

El informe Derechos humanos de la mujeres privadas de la libertad en Centros de Reclusión del DF (2014) de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF) indica que las condiciones en que viven los hijos de las madres en reclusión son “precarias y la mayoría de las veces los infantes crecen en guarderías improvisadas y no cuentan con atención médica especializada”.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) sostiene que los pequeños comen con diversas limitantes, ya que por seguridad no todos los alimentos se permiten en el reclusorio; duermen en malas condiciones porque lo hacen con su mamá, en literas que están diseñadas para una persona; y caminan y corren en las instalaciones del penal, lo cual no es lo ideal para su desarrollo.

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