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¿Te gusta la velocidad?

En la Ciudad de México 54% de las víctimas mortales por tránsito son peatones y un factor determinante de su muerte es la velocidad a la que son golpeados.

En el sistema de tránsito donde nos desplazamos, innumerables circunstancias y situaciones intervienen para que, junto con el error humano y las diversas fallas del propio sistema, de la infraestructura y de los vehículos, ocurran accidentes viales.

Hay, sin embargo, un factor de riesgo, el más importante para la ocurrencia de accidentes y muertes en tránsito: llegar más rápido.

Debido a las distancias y a lo acelerado de nuestro devenir, nuestros coches se han vuelto indispensables para movernos de un punto a otro de la ciudad. Desplazarnos a 50, 60 o más es lo normal y si logramos llegar a 100 en las saturadas avenidas vamos de gane.

Es tal nuestra fascinación por la velocidad que el límite de 50 en ciertas vías nos parece ridículo. Mucha gente no es consciente que al atropellar a tan sólo 40 o 50 kilómetros por hora a una persona es suficiente para que pueda perder la vida. Y que un niño o un anciano tiene menos posibilidades que un adulto de salir bien librado, aún a esas velocidades.

En la Ciudad de México 54% de las víctimas mortales por tránsito son peatones y un factor determinante de su muerte es la velocidad a la que son golpeados.

A pesar de lo anterior, nos da muchísimo coraje recibir una multa por ir a exceso de velocidad. Nos parece que lo único que hace el Gobierno es buscar formas para sacarnos dinero, y es comprensible. Por otro lado, me resulta curioso -lo acepto- que la gente pague sin tanto problema un peaje de una concesión de segundos pisos para poder “evitar” el tráfico, pero que reniegue de una multa por arriesgarse a lesionarse a sí mismo y a los demás, también en un esquema de concesión.

Desde luego que percibimos que la velocidad es divertida, es símbolo de éxito –que ese día no hubo tráfico-, que nos hace disfrutar más el camino –aunque a pie se disfrute más–, que llegaremos más relajados a nuestro destino –sin percatarnos que a más velocidad, requerimos más atención–. Tanto adoramos la velocidad que nos gusta la publicidad de autos rápidos y divertidos. En otros países la publicidad que utiliza la velocidad para promover un automóvil está totalmente prohibida. 

Aquí, sin embargo, no sólo es aceptable, pues vemos a la velocidad normal, sino que además es algo aspiracional: poder correr por las calles.

Cuando doy cursos y pláticas, evito intencionalmente hacer referencia a reglas, reglamentos y la obligatoriedad de cumplir y obedecerlas. Suelo tratar de explicar el trasfondo de las cosas para tratar de hacer comprender a mi audiencia el porqué de las causas de los accidentes en el tránsito y cómo evitarlos, pero no por el respeto a las reglas per se sino por los fundamentos causales de los siniestros.

Siempre, por ejemplo, pongo sobre el público la pregunta de cuál es la diferencia entre velocidad inadecuada y exceso de velocidad. Curiosamente muchas veces me responden que una baja velocidad puede ser inadecuada y peligrosa, pero realmente pocos comprenden correctamente el riesgo de la velocidad inadecuada cuando ésta es elevada. La velocidad inadecuada es la que nos impide evitar un accidente considerando las circunstancias, por ejemplo, cuando es de noche o está lloviendo o hay gente cruzando la calle aunque respetemos el límite de velocidad.

Por otro lado, el exceso de velocidad sólo se refiere a sobrepasar lo normado por una señal o un reglamento y no necesariamente nos evitará un accidente. Desde luego que lo que siempre recomiendo es que debemos circular a la velocidad adecuada con respecto a las circunstancias, lo que muchas veces implicaría circular incluso por debajo de los límites establecidos. Esa “velocidad adecuada” nos la dicta nuestro criterio.

Y si bien el criterio de cada quien puede ser individual, también procuro ayudar a estandarizar ciertos criterios. Por ejemplo, utilizo una imagen de un edificio de unos 15 pisos donde explico que caer de un primer piso equivaldría a golpearse a 30 kilómetros por hora mientras que caer desde el segundo ya sería a 50. Si uno cae desde los pisos más altos, uno superaría los 100 kilómetros por hora. Ahí es cuando les señalo que aún así, la mayoría no usan el cinturón en el asiento trasero.

La empresa Autotraffic, que es la empresa que firmó los contratos para la instalación de radares de velocidad y fotomultas (por no usar el cinturón y llevar niños adelante, entre otras), es la única empresa en México capaz de instalar estos sistemas por lo que los contratos de adjudicación directa son una forma común de establecer relaciones comerciales con ellos. Si no hay concursos es porque desafortunadamente no hay empresas para competir pues aún el mercado es muy limitado en México.

Esta empresa utiliza aparatos y sistemas de procedencia, en su mayoría, alemana. Son calibrados y utilizados de acuerdo a protocolos bien controlados para evitar falsas multas. Además -lo sé de primera mano- la empresa Autotraffic y sus dueños no sólo están por el negocio, sino que verdaderamente están sumamente comprometidos con la seguridad vial, al grado de publicar un libro que se llama Movilidad 3.0 donde plantean cómo debe ser la movilidad en las siguientes décadas devolviendo al ser humano sus espacios y su seguridad. Lástima que esta parte sea muy poco visible.

Si bien las fotomultas pueden sonar injustas y gozar de una pésima reputación, son necesarias en las estrategias de seguridad vial para reducir los siniestros viales. En el libro La Efectividad de las Cámaras de Velocidad: un repaso a la evidencia, de Richard Allsop se cita: “las cámaras nunca deben ser la única arma en el equipo armamentístico de la seguridad vial, pero tampoco deberán estar ausentes de la batalla”.

Y es verdad. No debe ser lo único. También hay que modificar nuestras calles y avenidas para que se circule a las velocidades deseadas y no sea tan difícil cumplir con velocidades que no parecen acorde a la ciudad, aunque lo son frente al riesgo real: Mil muertos tan sólo en la Ciudad de México por año donde 80% de las muertes intervino la velocidad.

Tanto las señales como los radares deberán ser, en un futuro, adaptativos a las circunstancias. Deben funcionar en un sistema inteligente que “lea” las condiciones viales y ajusten los límites de velocidad a las características reales y de tiempo real de las vías. El problema es que no son creíbles cuando las condiciones no concuerdan con lo indicado. Es ahí cuando la gente tiene una sensación de seguridad que discrepa con lo que marcan las normas. Eso genera un descontento muy entendible y se percibe un abuso.

A diferencia del cinturón y del alcohol que son claramente comprensibles –hoy en día-, la velocidad inadecuada aún no es un concepto claro ni fácilmente comprensible. Tal vez le tome a los radares de velocidad unos 10 años, así como el alcoholímetro, lograr una reputación y una aceptación generalizada.

Me parece, por tanto, que quitar los radares de velocidad sería tan absurdo como retirar los cinturones de seguridad de los vehículos o dejar de detener a conductores alcoholizados. Un tonto retroceso en la, de por sí, escasa cultura vial de nuestro país.

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